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  • Gonzalo Lopez de Lerena De Giau.

Occidente 1. Laboratorios raciales y las profundas raíces del odio.


Hace unos meses tuve la oportunidad de leer un libro que ha sido una interesante fuente de conocimiento que me permitió comprender histórica y geopolíticamente el mundo; por lo menos cómo era a principios del siglo XXI. El título de esta obra es Civilización, occidente y el resto de Niall Ferguson.


El siglo XX estuvo lleno de cambios, grandes acontecimientos e innumerables tragedias. Principalmente el exterminio de distintos grupos por parte de otros, al ser considerados como “razas inferiores”. Ejemplos de esto encontramos muchos: el holocausto, el genocidio de Ruanda, el armenio, el yugoslavo, el camboyano, entre otros. Sería un error considerar que la causa de dichos acontecimientos se basa simplemente en un odio irracional, por el contrario, en la mayoría de estos actos existe una ideología, una forma de pensamiento generalizada por un grupo, respaldada por estudios “científicos”, “filosóficos”, “sociales”, “religiosos” y “antropológicos” con lo que se pretende justificar la supremacía de un grupo.


Por esto, quiero estudiar en este blog la aplicación de las teorías supremacistas raciales y sus consecuencias, en lo concreto me referiré al primer genocidio que tuvo lugar a principios del siglo XX, en el África Sudoccidental, en la actual Namibia, donde los colonos alemanes convirtieron esta zona en un laboratorio biológico racial.


En la década de los 70´s del siglo XIX, surgió el darwinismo social, este consistió en teorías de la evolución del hombre y la selección natural a los humanos —homo sapiens—. Sustentó que había razas más “avanzadas”, o superiores, a comparación de otras. Específicamente, que el hombre blanco era superior a cualquier otro; lo que dio como consecuencia que Francis Galton sentara las bases de la disciplina conocida como eugenesia[1]. Cabe mencionar que, en aquella época, estos postulados no eran considerados racistas, sino que representaban la vanguardia científica, tanto así que la Royal Geographical Society de Londres financió —en varias ocasiones— expediciones a África para recabar material probatorio que comprobara o desechara estas teorías. No fue, hasta mediados del siglo XX, después de la Segunda Guerra Mundial —el mayor laboratorio biológico-racial en la historia— que se dio fin a estos postulados, desacreditando dicha disciplina y a quienes comulgaban con esta doctrina.


Un ejemplo de esto se diol en el siglo XIX, cuando los imperios europeos expandieron sus dominios al último continente que, a su juicio, quedaba vacante: África. En donde los ingleses, belgas, franceses, alemanes, españoles, italianos y portugueses se repartieron el territorio, pero toda diferencia que había entre las potencias, quedó zanjada con la Conferencia de Berlín de 1884-1885. Fue así como terminó bajo el dominio del imperio alemán, entre otros territorios, la África Sudoccidental, actual Namibia.


Sin embargo, esas tierras no se encontraban vacantes, ni desiertas, ni despobladas, en ellas vivián las comunidades herera y nama, los primeros pastores y los segundos saqueadores y jinetes expertos. La relación entre los alemanes y los hereros no era del todo amistosa; los africanos tenían prohibidos montar a caballo, tenían la obligación de saludar a los blancos, no podían andar en bicicleta ni entrar a bibliotecas. Con respecto a los procesos judiciales, el dicho de los blancos valía como el de siete africanos, y a los colonos sólo se les imponía una multa por la comisión de delitos de homicidio o violación, cuando a los africanos, simplemente, los ahorcaban.


Los hereros y los namas se resistieron, no se dejaban, pero la posición de los hereros se vio afectada tras una ola de peste bovina que ocasionó que, muchos de ellos, vendieran sus parcelas a los colonos alemanes. Los abusos alemanes fueron en aumento hasta que el Jefe de Distrito Alemán llamado Zürn, falsificó la firma de uno de los ancianos de la comunidad herera en un documento por el que establecía las fronteras de las nuevas reservas indígenas.


Se alzó una rebelión como consecuencia de este acto, mataron a todos los varones adultos alemanes, pero perdonaron la vida de mujeres y niños. El Kaiser Guillermo II, en represalia por los hechos ocurridos, envió a Adrian Dietrich Lothar Von Trotha con las instrucciones de “restaurar el orden” quien, haciendo uso de los postulados de higiene racial, estableció un decreto dirigido a los hereros, en el que determinó que ellos —los autóctonas— ya no eran súbditos del Kaiser y deberían entregar todas sus tierras, esto porque pertenecían a los alemanes, y de negarse, morirían por las armas.


En defensa de sus tierras, el 11 de agosto de 1904, se llevó a cabo la batalla de Hamakari, pero más que una batalla, fue una matanza. Hombres, mujeres y niños hereros fueron aniquilados con ametralladoras Maxim; lo supervivientes huyeron al desierto de Omaheke, caminando a su perdición ya que, las fuentes de agua y las fronteras del desierto con las ciudades, se encontraban vigiladas por los alemanes.


Pero la batalla no fue suficiente, los hereros que sobrevivieron fueron perseguidos por “Patrullas de Limpieza” cuyo fin era limpiar, colgar y disparar hasta que no quedara nadie. Los pocos que no murieron fueron internados en cinco campos de concentración y exterminio, el más conocido se encontraba en la Isla Tiburón. En él, sólo sobrevivieron la mitad de los internos al ser que no sólo se les utilizó como mano de obra esclava para la construcción de ferrocarriles y casas, también —en el nombre de la ciencia— en experimentos letales y autopsias en aras de investigaciones biológico-raciales; y si no fuera poco, se obligaba a los prisioneros a despellejar la piel de los cráneos de los fallecidos, con el fin de ser enviados a Alemania para su estudio.


A partir del 2011 diversos museos alemanes y centros de investigaciones han devuelto cientos de cadáveres a Namibia.


Con base en lo expuesto, se puede concluir que se debe de tener cuidado con la aplicación de postulados científicos y sociales de esta índole, dado que que su puesta en práctica puede ser devastadora para la humanidad. En el caso, la implementación de estas doctrinas, permitieron a Von Trotha y a sus huestes realizar toda clase de actos, violaciones, matanzas, vejaciones y robos, todo en nombre de la ciencia. Convirtieron al pueblo herero y nama en «conejillos de indias» a fin de evidenciar las diferencias raciales y justificar la eugenesia y distintas doctrinas.


Máxime que dicho acontecimiento no es aislado, sino que se repite, primero en la propaganda publicitaria del Tercer Reich, en donde se enseñaba las diferencias entre la raza aria respecto a las demás razas inferiores —forma del cráneo, color de ojos…— y, posteriormente, en los campos de concentración donde el Doctor Mengele realizó experimentos, en el nombre de la ciencia, en prisioneros.


Por lo anterior, se debe de proponer y fomentar la ética a la hora de formular, sustentar y demostrar cualquier postulado científico o social, porque así se ataca de raíz el problema de la discriminación y el odio. Nosotros como humanidad, debemos de valorar y criticar nuestro pensamiento, nuestras doctrinas, leyes, teorías y creencias. Cambiar las que promueven y justifican arbitrariamente las desigualdades, para reformularlas y dar un paso hacia pensamientos más humanitarios. Una vez logrado esto, se va a conseguir disminuir y, posteriormente, erradicar las masacres, genocidios y experimentos en personas en el nombre de la ciencia.

[1] Aplicación de leyes biológicas al perfeccionamiento de la especie humana.

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