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  • Rafael Mendoza Padilla

Un Domingo Familiar.

En México, al igual que en otros países, es común realizar una comida los domingos. En mi familia se reúnen: hermanos, primos, tíos, padres e hijos. Desde mis primeros recuerdos era así, me viene a la cabeza una mesa rectangular, con refrescos, tortillas, salsas y todo eso que no me gustaba. Recuerdo que los primeros en levantarnos de la mesa éramos los niños, algo normal, no queríamos estar con los adultos y preferíamos irnos a jugar, pero en esos momentos no sabía qué pasaba en la mesa al irme, ni tampoco mientras comía, era un niño y atendía otras cosas. Transcurrieron 20 años para que me diera cuenta de los temas regulares en las pláticas de domingo familiar: política, asesinatos, robos, en ocasiones únicamente había peleas unos contra otros sin importar que eran familia.


Al parecer la política, la religión o el equipo de fútbol al que apoyaran eran razón suficiente para discutir. En esta simple oración se resume la vida de un mexicano. En primer lugar, las discusiones en torno a la política son hechas por personas que no buscan llegar a un punto en común, uno en el que ambas partes aprendan y se genere conocimiento, es decir, un buen diálogo; pero no, el objetivo es saber quién tiene la razón, o quién es superior. Lo cual es curioso pues en su mayoría son los hombres quienes demuestran estas actitudes —¿machismo? —. Seamos claros, ¿quién ha escuchado en una plática referente a la vida política de México, que alguien le dé la razón a otro u a otra?


En estos meses previos a la jornada electoral de distintos estados se tiene el ejemplo perfecto. Tenemos un abanico de dónde elegir, uno de ellos es Félix Salgado Macedonio, quien es un presunto violador y quien demuestra no tener un poco de dignidad ni respeto a la persona, exigiendo al Instituto Nacional Electoral (INE) que le devolvieran su candidatura después de la falta de presentación del informe de gastos de su precampaña; si miramos al norte, nos encontramos con Clara Luz Flores, quien además de cambiar de partido como de ropa, fue miembro de NXIVM y quien fue captada en un video con el líder de esta secta, el cual fue condenado en los Estados Unidos de América por tráfico de personas y pornografía infantil. Por otro lado, también nos encontramos con María Eugenia Campos, candidata a gobernadora del estado de Chihuahua, quien fue vinculada a proceso por el delito de cohecho.


Pero, a pesar de esto, ninguno de los presentes en nuestra mesa aceptaría que el candidato en el que decidieron poner su voto cometió un error. Lo único que se generaría es la típica discusión que nos tiene como el peor país para vivir durante la pandemia de acuerdo con el ranking de resiliencia COVID elaborado por la empresa estadounidense de Asesoría Financiera Bloomberg: «es que el PRI robo más», «por lo menos este no es un violador», «mínimo este no es corrupto». Al final, sea el presunto violador, sea la corrupta, o la mujer que marca a otras mujeres para su tráfico, se lleva a México «entre las patas». No importa cuál sea, ninguno de estos debe de llevar las riendas de una nación en la que cada día se derrama sangre: durante 2020, cada día, cinco mujeres desaparecieron, 10 fueron asesinadas; alrededor de 157 al día también fueron víctimas de agresiones y en promedio 712 llamaron diariamente al 911 para reportar alguna agresión de acuerdo el artículo «Desapariciones de mujeres, en niveles históricamente altos» publicado por el periódico El Economista, esto sin contar los demás delitos que ocurren a diario, los muertos a causa de la pandemia y el resto de medallas que se le pueden colocar a México.


En segundo lugar, está la religión, aunque esto es distinto, porque no aparece en la mesa, simplemente a las y los que no profesan la religión de la mayoría se les relega. La sociedad en la que vivimos desde Tijuana hasta Quintana Roo, generalmente rechaza a todo aquel que no es católico, así reces hacia La Meca o toques la puerta de las personas buscando hablar. Al día de hoy existen más formas de separar a la gente y catalogarla, que de unirla e identificarnos como una o uno sólo, se vuelve una utopía la no discriminación por cualquier motivo que establece el artículo primero de nuestra Constitución Federal. Sólo con mirar los tabloides nos quitamos la ilusión.


¿De qué sirve que nuestra Norma Suprema diga que el estado es laico si se compara a nuestro presidente con Jesús y él les contesta «ay cállate, pero gracias, ya lo sabía»? ¿De qué sirven las leyes si se obliga a un padre a firmar un perdón y a arrodillarse, a cambio del cuerpo de su hijo? ¿De qué sirve que se le reconozca la condición de refugiados a los extranjeros, si la policía asesina a las mujeres que venían escapando de su país por el hecho de ser mujer? ¿De qué sirve una discusión con la familia sobre los partidos, si al final la gente sigue muriendo? La discriminación no sólo es el problema, también lo son las transgresiones y la violación a los derechos humanos que, hoy en día, parecen una sugerencia más que una obligación.


Pero eso sí, incluso en lugares donde estos derechos no se respetan, al grado en que existen municipios sin agua, sin calles pavimentadas y sin servicios médicos dignos, claro que encontraremos casas con televisión ¿sus canales? Uno, donde pasan el partido; otro, donde habla el Presidente. Entonces, el domingo, la familia se reune para comer y platicar ¿sobre qué? Los avances del ejecutivo y el marcador del partido. Pelean por quien tiene la razón y olvidan lo que sí es trascendente, crecer, mejorar, que se respeten los derechos humanos. Esto ocurre tanto en comunidades alejadas de las ciudades, así como en la Nápoles. Aunque no en todas las casas es así, existen personas que respetan las opiniones distintas a las suyas, algunos de los niños que huyeron de la mesa para jugar, crecieron informándose sobre nuestra país, viendo lo «malo» y lo «bueno», aprendiendo de los errores y aciertos. Aplaudiendo las diferencias y la diversidad en lugar de rechazarlas. Ellas, ellos y elles, con algo de suerte y esfuerzo, harán de este país, de estas personas, un lugar socialmente responsable que se preguntará qué es lo mejor para todos y no para sus bolsillos.


Ellas, ellos y elles, platicarán un domingo, escuchando antes de hablar.

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